jueves, 5 de marzo de 2009

Narrador omnisciente

Una señora que en ningún caso pasaría de los treinta y cinco años miraba hacia la calle apoyada en la ventana, Quizá no pueda dormir, quizá tenga calor. Ninguna de estas dos cosas impedían que la mujer durmiese, de hecho no tenía intención de hacerlo, a pesar de la hora que era. Me está mirando. No era del todo cierto, aunque por unos instantes siguió sus pasos con los ojos, ni siquiera se fijó en el más mínimo detalle, No sé quien era ni como era, respondería si se lo preguntásemos. Unos pasos más y la mujer clavó su mirada en el pié de la farola, pero él ya no lo supo, Por qué me miraba. Giró suavemente la cabeza hacia la ventana. Ahora la mujer se tocaba la frente con las yemas de los dedos de la mano derecha y se quedó como congelada. Insomnio, seguro que es eso. Ahora ya estaba lo suficientemente lejos como para dejar de mirarla. Y así lo hizo, no volvió a girar la cabeza para verla. Por su parte la mujer cerraba la ventana lentamente, como si lo hiciese por última vez. Era la última noche que pasaba en la ciudad, la ciudad donde nació, donde creció, donde encontró el amor y lo perdió; mañana se marchaba de allí y no regresaría nunca más, o por lo menos eso era lo que ella quería, de hecho no iba a dejar la ciudad nunca, aunque sí cambiará eminentemente de domicilio. Pero los pensamientos responsables de su falta de sueño la perturbaban. La ventana al cerrarse, y a pesar de la delicadeza con la que fue cerrada, hizo un ruido desmesurado, o eso le pareció a ella, no solía asomarse a la ventana a esas horas de la madrugada, aunque a partir de ahora lo hará con mucha frecuencia. El no se giró al oirla, Habrá cogido ya el sueño. Nunca sabrá lo que a la mujer le impedía conciliar el sueño. Lola, que así se llamaba la mujer, abandonaba la ciudad para siempre, pero el no lo sabía.
Algo dentro de su cabeza le dijo que ya era hora de volver a casa, no era sueño, pero sí eran sus piernas las que pedían reposo. Desde allí el camino más corto era desandar lo andado, pero optó por caminar hasta el final de la calle e ir por una paralela. No es que no quisiese volver a pasar por delante del edificio de Lola, el no sabía como se llamaba, ni siquiera se le pasó nada por la cabeza que le hiciera pensar en esto ni en lo contrario, era pura inercia, para volver no necesitaba pasar por los mismos sitios. Si se parara a pensar en cuantos coches había visto esta noche, respondería que unos cinco, pero no lo hizo, hoy no había salido de casa con intención de pensar en nada en concreto y menos aún en la frecuencia con la que los coches pasaban esa madrugada de martes en el extrarradio de la ciudad. Tampoco se fijó en la caca de perro que estaba a escasos metros de él y que iba a pisar de lleno, Mierda. Efectivamente. Levantó el pié derecho y observó la magnitud del incidente con el ceño arrugado, volvió a posar el pié en el suelo, lo deslizó un par de veces y luego se dirigió hasta el borde de la acera y allí eliminó el excremento adherido a la suela de su zapato casi en su totalidad, Puto perro de los cojones, como los odio. El responsable de aquel estropicio había sido un pastor belga que ahora yacía en un arcén dos calles más abajo, atropellado por un por un Ford rojo último modelo, cuyo conductor dormía ya plácidamente sin el menor rastro de arrepentimiento, con toda la cama para él, Hoy llegaré tarde, le había dicho su mujer a la hora de comer, Tengo una cena de empresa. Pero su mujer no estaba cenando, lógico a estas horas, aunque sí cenara antes, pero no con los compañeros de la oficina, o por lo menos no con todos ellos, sólo con uno, con el que ahora retozaba en su cama. Pero esto, el hombre del coche rojo no lo sabía, lo sabrá más tarde, el día de su cumpleaños.
Detrás del escaparate del veinticuatro horas que estaba enfrente, un hombre de tez morena llevaba un rato riéndose, pero sin perder la compostura, ya que a la vez que estaba viendo a través del escaparate, no perdía de vista el sujeto que estaba dando vueltas por la pequeña tienda hacía ya unos cinco minutos, Menuda pinta tiene ese, no me fío un pelo y menuda puntería tuvo el otro, y volvió a reírse. Por un momento le pareció que el fulano de la tienda se estaba riendo de él, Gilipollas. Se cercioró de que la suela estaba completamente limpia, siguió adelante a paso ligero y se alejó lo suficiente como para no oír las voces que salían de la tienda. Dobló la esquina, metió la mano en el bolsillo buscando las llaves, probó en el otro bolsillo y tampoco las encontró. Un sudor frío comenzó a brotar de su frente, metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y, allí estaban, exactamente en el mismo lugar donde las había dejado. Suspiró e introdujo la llave correspondiente en la cerradura del portal, giró con decisión y empujó la puerta. Sintió la humedad del portal. A la vez que la puerta se cerraba a sus espaldas sonó lo que parecía un disparo a lo lejos. Provenía de la tienda veinticuatro horas, en donde el hombre de tez morena que se había reído de la puntería del que había pisado aquella caca de perro delante de su establecimiento, ahora no reía precisamente, ni sabía que no volvería a reír e ignoraba la accidental puntería con la que el atracador le acertaría de lleno en todo el pecho. El portal hizo un gran estruendo al cerrarse, más que de costumbre, Deberían arreglarla. Por un momento se le pasó por la cabeza que había sonado como un disparo, y sin más se dirigió al ascensor. Un instante antes de pulsar el botón, pensó que el ascensor estaba allí; pulsó el botón y efectivamente allí estaba, como si estuviera esperándole. Entró y pulsó el botón del quinto piso, que era donde se encontraba su pequeño apartamento. Las puertas tardaron unos segundos en cerrarse, deslizándose con decisión, como una guillotina horizontal. En cuanto se cerraron del todo en ascensor comenzó a elevarse, emitiendo diferentes ruidos, ciertamente exagerados por el silencio de la madrugada. Todos los dígitos que correspondían a cada piso pasaron con la misma rapidez, a excepción del primero, debido a que entre la primera planta y la baja había una entreplanta que no poseía servicio de ascensor. Para alguien poco observador este detalle pasaría tan desapercibido como la existencia de la entreplanta, en la cual había una asesoría que muy pronto recibiría la visita del inquilino del cuarto D, pero esto aún nadie lo sabía.
1...2, 3, 4, 5. El ascensor se detuvo en esa planta, tal y como era de esperar, casi como conteniendo la respiración antes de rendirse y abrir sus puertas a la vez que soltaba algo así como un leve suspiro y un golpe seco. Su mano izquierda casi se abalanzó hacia el interruptor de la luz. De allí a la puerta había exactamente doce pasos, pero esta vez fueron trece y medio, debido quizá a las zancadas más cortas que de costumbre, sin duda causadas por el cansancio de la caminata de aquella noche, del todo improductiva. Pero a él todos estos detalles se le escaparon. Como no había cerrado la puerta con llave, solo tuvo que hacer un pequeño giro de muñeca para que se abriera, metió la mano derecha en la espesa oscuridad y tanteó la pared hasta dar con el interruptor que encendió la bombilla de sesenta vatios que colgaba del techo completamente desnuda. De forma casi instantánea toda la estancia fue invadida por una claridad amarillenta que revelaba lo que la oscuridad escondía, un minúsculo hall de un metro cuarenta por dos, adornado por un austero mueble zapatero que a su vez servía de mesa para el teléfono y de recibidor. Sin embargo, a pesar de la aparente versatilidad de este pequeño mueble, a duras penas desempeñaba alguna de estas funciones, ya que en su interior solo había un par de zapatos casi sin suela y unas zapatillas con varios agujeros; encima estaba un teléfono desfasado que se había olvidado para qué servía, ya que hacía mucho que no había línea en casa; y como recibidor tampoco, ya que las visitas eran apenas las necesarias, casi siempre inesperadas y demasiadas, molestas e innecesarias. Limpió los pies a conciencia, recordando lo de antes, entró y cerró la puerta despacio, Es muy tarde. Mientras, la vecina del quinto A observaba a través de la mirilla. Aunque no le importaba lo más mínimo de donde venía el del quinto B se quedó allí plantada amparada tras la puerta y no se retiró de allí hasta que la luz del pasillo se apagó. A esas horas son pocas las cosas que hay que hacer y pocas cosas las que apetecen. Sin embargo podía estar viendo una de sus películas favoritas en la televisión, aunque era en versión original subtitulada y su vista no estaba para esas peripecias. Pero ella lo ignoraba, hacía ya una semana que no compraba el periódico y unas treinta y dos horas que no encendía la televisión, lo segundo por nada en concreto, lo primero porque era final de mes y no había para lujos. Así pues, hacía unas horas que no perdía el tiempo en nada, y lo más emocionante que le había sucedido era aquel tipo del B entrando en su casa a esas horas de la madrugada.
Se sacó los zapatos y se puso las roídas zapatillas en los pies. Con la poca claridad de la bombilla de la entrada alumbrando a sus espaldas se dirigió a la pequeña estancia que le hacía de baño. Lavabo, inodoro y un plato de ducha de cuarenta por cuarenta rodeado de una cortina azul celeste con unas pequeñas motitas de moho en la parte inferior. Arrastró estas hacia un lado y colocó allí los zapatos, Mañana los limpio. Ya no se apreciaba resto alguno de excremento pero sí todavía algo de olor. Accionó el interruptor que estaba situado en lo alto de un estrecho y viejo armario metálico colgado en la pared, justo encima del lavabo. Abrió en grifo y cogió la pastilla de jabón que aun estaba por estrenar, Huele bien. La había comprado esta mañana en la tienda multiprecios que estaba a escasos cien metros de su portal. La frotó varias veces hasta que consiguió una fina espuma blanca y la dejó en la jabonera de plástico verde quirófano que estaba allí desde que él vivía en aquella casa. Frotó, o más bien acarició una mano con la otra un par de veces más y aclaró el jabón bajo el chorro del grifo. Lo cerró, sacudió un poco las manos y se las secó en la húmeda toalla que colgaba del toallero, una toalla que hacía dos semanas era casi blanca y que ahora era más bien gris. Conforme iba secándoselas, la urgencia de orinar se le presentó con mucha más fuerza que hacía una hora, cuando en plena calle le urgió aliviarse, pero un gato que a sus ojos parecía una fiera enorme y sanguinaria le cambió la idea de orinar tras un contenedor de residuos orgánicos y hasta la propia urgencia de evacuar. Así pues se dispuso a mear, con una mano en su miembro y la otra aguantando de la tapa del inodoro, ya que no se sostenía por sí sola. Al terminar cerró la tapa y tiró de la cadena. El agua se precipitó en el interior de la taza, la cual tragó todo con suma rapidez y eficacia debido quizá a la no presencia de cuerpos sólidos. A estos molestos ruidos les siguieron los que producía la cisterna al llenarse, además de la serenata de las tuberías conforme el tanque se iba llenando del todo. Por fin el silencio volvió a la casa. Se dirigió hacia la estancia que le servía de cocina, Comeré algo, pensaría. Cogió un cazo pequeño en un mueble bajo al que no le cerraban las puertas desde hacía mucho, le pasó un agua bajo el grifo y lo posó en la cocina, justo bajo el hornillo más pequeño. Se dirigió a la nevera, la cual necesitaba un baldeo, y sacó un cartón de leche que había abierto por lo mañana para completar un vaso, ya que en el tetrabrik que estaba abierto no había suficiente. Por esto, el envase estaba casi lleno por completo, así que al cogerlo se derramó un poco de leche por el suelo, Mierda. Posó el envase junto a la cocina y cogió una apestosa bayeta del fregadero, se agachó a limpiar el pequeño charco, Tengo que comprar una fregona. La metió dentro de la pileta y se aclaró las manos. Cogió un mechero y accionando el pulsador correspondiente, encendió el hornillo, puso en su sitio el cazo y vertió con exactitud un vaso de leche, aunque no sabía que tendría que de nuevo a la nevera a por más, Quizá debería comprar un microondas, aunque no me acabo de fiar. Quien le diría que a estas horas de la madrugada y con el estómago vacío se le despertase la fiebre consumista. Porque él no era de los que se dejaban llevar por las ofertas y promociones, más que comprar lo necesario, si podía pasar sin algo, pues pasaba. De hecho, hacía algo así como un año que no compraba una fregona, No surgió la ocasión, diría si se lo preguntásemos. Por eso esas repentinas necesidades de comprar una fregona, y aun más un microondas era cosa cuanto menos rara en él. Se sentó en el sofá de una plaza que tenía situado frente a la televisión del tiempo de María Castaña. Lo observó durante cierto tiempo, Qué estarán echando a estas horas. No se levantó a encenderla, quizá recapacitó y pensó que no habría nada de provecho. Ignoraba que ponían una película en versión original subtitulada, casi una de sus favoritas. Cruzó la pierna derecha sobre la izquierda y enseguida la volvió a poner en su posición original. Se acomodó y una leve somnolencia lo invadió. Dejó caer los párpados y se introdujo en los sinuosos caminos de los sueños, invadido por el sopor. Se encontró delante de la ventana de Lola, de la que él desconocía el nombre. Por eso se encontraba tenso, intentaba llamarla, pero no sabía cómo. De repente, una especie de ruido como de efervescencia lo despertó de ligero sueño. La leche se estaba yendo por el fuego. Saltó del sofá y corrió hasta la cocina. Cerró el gas y sacó el cazo del hornillo, Joder. Echó la leche en el vaso y fue a la nevera a por más. Llenó el vaso casi hasta arriba a pesar de que su intención era dejar como un dedo entre la leche y el borde. Como estaba muy caliente el líquido en el fondo, apoyó el vaso con rapidez. Se agachó un poco y dio algo más que un sorbo completo hasta dejar la leche en el nivel deseado. De una bolsa cogió un pedazo de pan un tanto duro, con la mano que le quedó libre agarró el borde del vaso con los dedos índice y pulgar, Mañana a primera hora limpiaré este estropicio. Lo cierto es que el hornillo todavía estaba demasiado caliente como para pasarle la bayeta arriesgándose a quemarse. La leche vertida y requemada no desapareció de allí hasta bien entrada la noche del día siguiente, a pesar de sus intenciones. Lo que sí no tardó mucho en desaparecer fue el olor a leche quemada que ahora inundaba todo el apartamento. Quizá no desapareció tan fácilmente, quizá se acostumbró al olor. Antes de esto, había decidido no abrir ninguna ventana. Se sentó donde antes y fue mojando el pan en la leche. Nada más llevarse el pan mojado a la boca unas pequeñas gotas cayeron en su camisa, pero él ni se inmutó. Una vez acabado el frugal tentempié se levantó y fue a dejar el vaso en el fregadero, le echó un chorro de agua encima a la vez que un bostezó dibujó una extraña mueca en su rostro, Es muy tarde. Apagó la luz y se dirigió hacia el dormitorio. Abrió la puerta y un olor a cerrado inundó su nariz. Entró, giró sobre sí mismo y cerró la puerta. Esta estancia también era pequeña, acorde con las dimensiones del resto de la casa. Apoyado en la misma pared en donde se encontraba la puerta había un armario con dos puertas y dos cajones, a uno de ellos le faltaba un pomo. El armario estaba ligeramente arqueado hacia delante, detalle que pasaría desapercibido en un vistazo general, pero hay que decir que a falta de otros detalles que distraigan la vista, como algún cuadro o espejo colgado en la pared, son estas pequeñas cosas las que toman presencia. Pero a él jamás se le ocurriría ni se le ocurrirá decir, Un cuadro ahí colgado disimularía la desviación del armario, o, Un cuadro ahí colgado daría un poco de alegría a esta mierda de habitación. Él no era un hombre detallista para esas cosas.
Enfrente estaba la cama, un trasto antiguo que chirriaba al más leve movimiento. Una colcha medio roída azul y blanca la cubría con holgura. Justo al lado izquierdo, al derecho si se está acostado en la cama, una mesilla que no iba acorde con el resto de los muebles, sin duda mucho más moderna que el ropero y más aún que la cama, aunque no por ello en mejor estado. El último de los cajones no servía casi para nada, ya que al tirar de él el frontal se desprendía del resto de lo que en otro tiempo fuera un cajón y ahora no son más que tres tablas. De los otros dos cajones no había queja de su funcionamiento. Encima de ella una lámpara metálica de color gris corona el centro y a su lado un despertador de plástico a pilas y sin ninguna marca a la vista. Frente a la cama una silla hacía la función de galán, donde se apilaban unas camisas y un pantalón. Unas cortinas blancas y que ahora eran grises colgaban delante de la ventana del cuarto, la cual daba a un patio interior. Se sentó en la cama con el consiguiente ruido de los muelles y procedió a quitarse los zapatos y los calcetines, luego los pantalones y finalmente la camisa y los dejó encima de la silla, dejándolos debajo de la chaqueta que había puesto allí con anterioridad. Se metió en cama con rapidez, quizá para evitar prolongar el fastidioso ruido durante mucho tiempo, y antes de apagar la luz se sacó las gafas y el reloj, las primeras las dejó encima de la mesilla, lo segundo lo metió envuelto en una vieja gamuza y lo guardó en el primer cajón. Una vez hechos estos dos pasos fijos apagó por fin la luz y apoyándose en el lado derecho de su cuerpo estaba ya dispuesto a rendirse por hoy. Cerró los ojos pero un pensamiento lo asaltó, No he traído el vaso de agua. Era una vieja costumbre. No se trataba de un gesto previsor que evitaría levantarse de la cama si le atacaba la sed en medio de la noche, sino que era algo así como un pequeño ritual que cumplía casi religiosamente todas las noches, Yo duermo con un vaso de agua en la mesilla para beberlo nada más levantarme, así siempre recuerdo lo que sueño. Se quedó pensando un momento en la misma posición y poco después decidió no levantarse, Bah. Se dio la vuelta y cerró los ojos. No tardó ni dos minutos en quedarse dormido. Esta noche va a soñar, como todas las otras, pero mañana no recordará absolutamente nada, no sabemos si por culpa del incumplimiento de lo que para él ya era una tradición o por otros motivos, pero lo cierto es que le habría gustado mucho recordar lo que ya en estos momentos pasaba por su cabeza.
Un portazo proveniente del pasillo lo arrancó violentamente del sueño. El sobresalto resultante desencadenó una serenata de muelles que se prolongó unos segundos. El sonido de unas llaves tropezando en la madera hueca de una puerta y el avance de los pasadores de la cerradura daba a entender que la puerta había sido cerrada para salir y no para entrar, aunque esto siempre podrá ser discutido, sin embargo se entiende que en este caso se dice salir para referirse al abandono de la casa para ir hacia el exterior, a pesar de que quien sale en estos momentos, el del quinto C, efectivamente sale de su casa pero a la vez entra en una nueva aventura que el día le depara; hoy va a ser despedido de su trabajo. Si fuésemos gente amable quizá le daríamos la noticia informándole también de que en escasos tres días tendrá un trabajo nuevo, pero no es asunto nuestro, dejémoslo en su ignorancia. Imagínense que ahora este señor que espera el ascensor, en cuanto se abran las puertas se encuentre con alguien que le diga que va a ser despedido, No te preocupes, el viernes encontrarás un puesto mejor, incluso cobrarás más. La gente no va por ahí diciendo esas cosas, prediciendo el futuro en los ascensores, aunque no sabemos si es aquí donde podrían desempeñar óptimamente sus facultades, por lo menos donde ahora lo hacen no.
Se frotó los ojos y bostezó. No supo adivinar ni por asomo que hora podía ser a pesar de la claridad que entraba por la ventana, no es que entre a raudales pero era casi seguro que no debían de pasar de las ocho y media. El reloj marcaba las ocho y veinte. Se quedó viéndolo un momento, pensando si se levantaba o si no. Lo cierto es que no tenía nada importante que hacer un miércoles por la mañana, y más cierto es que nada tenía que hacer un miércoles por la tarde, pero no se iba a quedar todo el día en cama, ya casi estaba un poco molesto, notaba las sábanas un poco sudadas. Así se quedó un rato más, pensando en lo que no tenía que hacer. Incluso se le pasó por la cabeza la idea de la compra del microondas. Se quedó con los ojos clavados en el techo y esbozó lo que parecía una leve sonrisa en su boca. Con el ruido de los muelles se levantó del catre, calzándose las zapatillas que había colocado estratégicamente al lado de la cama, en una posición óptima para ser puestas sin necesidad de tocar el suelo frío con los pies, pues en la totalidad del apartamento había terrazo, el cual es más fácil de cuidar y limpiar que la madera, pero ni por asomo tan cálido y acogedor. Se frotó los ojos de nuevo y se desperezó estirando los brazos de forma exagerada. Una pequeña punzada en la espalda lo hizo encogerse repentinamente, Una mala postura. Sin duda una excusa para olvidar el mal estado en el que encontraba el colchón, una reliquia tan antigua como el somier, la cama o el resto del vetusto mobiliario de la casa, o la casa en sí misma. Se dirigió al baño para lavarse la cara y después de entrar así lo hizo. Abrió el grifo del agua fría y haciendo un cuenco con las manos se lavó la cara a conciencia y sin vacilar, ya que el agua todavía salía templada, casi caldosa, debido a las altas temperaturas del día y no menos elevadas durante la noche. Cerró el grifo y dirigió las manos hacia la toalla. Mientras se las secaba notó la excesiva humedad de esta, así que acto seguido se secó la cara con las puntas, que se conservaban aceptablemente secas. A pesar de esto, una vez casi seca del todo la cara, volvió a dejarla en el toallero.
No fue necesario abrir el refrigerador para saber que había leche, nada más llegar a la cocina observó cómo había quedado ésta tras lo de la noche anterior. Su estómago se había levantado de mal humor y ya estaba pidiendo algo para comer. En la bolsa en donde ayer estaba el pan no quedaba más que un mendrugo pequeño y seco. Buscó en el armario que había entre el fregadero y la cocina que la servía de despensa en busca de por ejemplo un paquete de galletas sin empezar. Y lo hizo así como sin ganas, sabía que no iba a encontrar nada de eso allí y, sin embargo, persistió en la búsqueda, apartando un tarro con café instantáneo, un paquete de arroz mediado, dos más de macarrones, uno de ellos abierto; un par de latas de sardinas en aceite vegetal y cinco envases de plástico vacios. Nada, ni rastro de las galletas. Colocó todo en su sitio y cerró la puerta, la primera vez ésta se volvió a abrir, a la segunda quedó perfectamente cerrada. Puso los brazos en jarras apoyando los puños en las caderas. Si quería desayunar como dios manda tendría que hacerlo fuera, y más le valía hacerlo, en su estómago sonaban ya tambores de guerra y él comenzaba a notar una ligera debilidad. Tranquilamente podía desayunar en el café de la esquina, a escasos veinte metros de su portal, no tendría que ponerse nada especial, es un día de semana y la gente que pueda estar desayunando allí tienen más cosas en la que pensar que en el desaliño de ese hombre que está sentado allí al fondo devorando un croissant. Pero ya lo había decidido, iría a algún café del centro, idea un tanto absurda, ya que para ello debía coger un autobús, o en su defecto un taxi, un lujo que no estaba dispuesto a permitirse, con uno al día tiene más que suficiente; además de ser una idea tan poco respetuosa con las protestas de su estómago. Dio media vuelta evitando ver hacia la cocina, seguramente si volviese a ver toda aquella leche derramada y requemada se vería en la obligación de limpiarlo todo. Se paró delante de la puerta del baño, Debería darme una ducha. Pensó en el calentador, otra antigualla que la casa conservaba, y recordando las veces que se quedó a medio duchar, las que tuvo que salir todo enjabonado, o los latigazos de agua fría o casi hirviendo que este le regalaba indistintamente en invierno o en verano, optó por posponer el ejercicio higiénico. De todas formas se dirigió a la ducha para coger los zapatos que la noche anterior había dejado allí. Con una bayeta inmunda que tenía al lado los limpió de cualquier posible resto de materia orgánica indeseable, además de la fina capa de polvo marrón que los cubría y lo que parecía un pequeño resto de chicle pegado en la suela. Esto último le llevó algo más de tiempo, ya que una vez que había desistido en seguir frotando la goma de mascar adherida con el paño, pensó con qué podía despegarla. Un cuchillo le pareció demasiado, giró la cabeza hacia la izquierda y sus ojos toparon con el cepillo de dientes. Lo tomó y asiéndolo por la parte de las cerdas, hizo palanca y logró arrancar el chicle en su totalidad, sin que fuera necesario el menor contacto con las manos. Levantó la tapa del inodoro e intentó tirar el chicle que ahora estaba pegado al mango del cepillo, así que se vio obligado a frotarlo contra en borde de la taza. El chicle cayó al agua y se quedó en el fondo color óxido. Tiró de la cadena y el chicle desapareció. Llevó los zapatos en la mano hasta el dormitorio y los dejó casi en el mismo lugar en donde había dejado las zapatillas. Sacó el único traje que tenía del armario, un traje azul marino un tanto pasado de moda y un tanto caluroso para el día que hacía, lo extendió sobre la cama y se puso a buscar una camisa decente y enseguida optó por coger una de las del trabajo, Blanca, va con todo, o eso es lo que dicen. Para buscar una corbata no tuvo que pensárselo mucho, o quizá sí, ya que tenía dos, una completamente negra, eso sí, surcada de unas líneas brillantes producidas por unos planchados poco cuidadosos, y la otra azul marino con unas motitas rojas. A pesar del panorama ni se le pasó por la cabeza no llevar corbata, El traje, con corbata. En el fondo tenía razón, un traje de esas características sin corbata sería un atentado a la vista de los más sensibles. La azul. Volvió a guardar la negra en el armario y posó la otra sobre el traje. En un gesto de total mal gusto, levantó ligeramente los brazos y se dispuso a olerse las axilas. Si alguien le viese la cara en este momento no sabría si ésta era de asco o de indiferencia. Se quitó la camiseta y fue a por otra al cajón. Lo abrió y comprobó que de camisetas de asas nada, sólo una de manga corta y otra de manga larga, las dos de invierno. Nunca le gustó llevar las camisas sin una camiseta debajo, fuera invierno o verano, Lo que tapa el frío también tapa la calor. Así que, después de recordar que las otras dos camisetas estaban a la espera de ser lavadas, volvió a ponerse la que hacía un instante se había quitado. Quizá pensó que nadie se iba a dar cuenta, y así será. Se vistió la camisa y los pantalones. Volvió al cajón en busca de unos calcetines, pensando en unos ejecutivos negros que había comprado hacía poco, pero no estaban allí. Sólo estaban un par de cuadros verdes de invierno y otro par de deportivos blancos con una línea roja y otra azul, Total los calcetines no se ven. Craso error, ya que fueron varias las personas que se dieron cuenta del detalle en el autobús y en la cafetería. Cogió los blancos. Se sentó en la cama y se los puso, se calzó los zapatos y se levantó. Tardó un poco en acertar con el nudo de la corbata, pero al final lo logró. Se puso la chaqueta y en seguida sintió calor. Cogió la cartera del bolsillo de la chaqueta que estaba apoyada en la silla. Antes de salir del dormitorio, cayó en la cuenta de que no llevaba cinto. Se dirigió al segundo cajón de la mesilla, lo abrió y cogió un cinto negro, el cinto negro, el único que tenía. Debajo de éste estaba una foto en blanco y negro, un retrato de su madre en su juventud. Lo tomó con la mano y se sentó de nuevo en la cama. Se quedó mirando la foto durante unos instantes, absorto, quién sabe qué cosas estará pensando en estos momentos. Dejó el retrato sobre la mesilla y salió del dormitorio a paso ligero. Nueve pasos exactamente le llevó desde la cama hasta la puerta, sacó la llave de la cerradura y abrió la puerta. Un pequeño chirrido sonó multiplicándose a lo largo del desierto pasillo. Cerró la puerta despacio y dio dos vueltas a la cerradura, a la vez que era atentamente observado por su vecina. Se dio media vuelta, quedándose justo delante de la puerta de su observadora, la cuál se apartó de la mirilla sobresaltada, Me habrá visto. Ni por asomo, a estas alturas ya estaba pulsando el botón del ascensor. La vecina no se atrevió a volver a ver por la mirilla, pero estaba atenta al ruido del ascensor que en esos momentos ya se estaba abriendo. Se quedó de pié frente a la puerta escuchando con atención hasta que el elevador ya descendía. A ella no le interesaba a donde iba.
Con el mismo sobresalto de siempre el ascensor llegó a la planta baja, se abrieron las puertas y salió, abrió el portal y se dirigió al otro lado de la calle donde se encontraba la parada del autobús que tenía que coger para ir al centro, dejando tras de sí el estruendo que produjo el portal al cerrarse, de inmediato engullido por el tráfico y unas obras en la red de alcantarillas a escasos metros.
El autobús todavía tardaría unos diez minutos en llegar. En la parada estaba una mujer de unos treinta y cinco con un niño rubio con el pelo de punta de la mano con cara de haber llorado hacía muy poco, dos chicas de unos diecisiete años con sus carpetas llenas de pegatinas agarradas con los dos brazos contra el pecho que no paraban de reír. En el otro extremo un joven de diecinueve con melena y camiseta negra con un dibujo de lo que parecía un diablo. Se puso a una distancia discreta, casi apoyado contra la pared. El tráfico, aunque intenso, era fluido. Pasados los diez minutos apareció el autobús, el número veintiuno, que lo dejaría a unos cincuenta metros del café donde tenía pensado desayunar lo que hacía como un año que no desayunaba, un buen café con leche, grande, de desayuno, y algún bollo o croissant, incluso unos churros si los tuviesen aunque el destino le depara el croissant. Dejó que todos los que estaban en la parada entrasen y luego entró él, Cuanto es. El conductor lo miró con cara como de asombro, No debe de coger el autobús con mucha frecuencia, pensaría. Pagó, recibió las vueltas y buscando sitio hizo un repaso general por todo el vehículo, que no iba muy lleno. En el primer asiento a su derecha estaba sentado un señor de su misma edad, vestido con un chándal verde y unos tenis que parecían que le iban grandes. Detrás de él una señora corpulenta, vestida de rosa y negro y con cara de pocos amigos, lo observó de abajo a arriba con aire de indiferencia. Del otro lado dos señoras inmersas en una conversación, una escuchando y asintiendo con la cabeza, la otra haciendo aspavientos con las manos mientras hablaba. Detrás, la mujer con el niño rubio. Hacia el fondo varios adolescentes con ropas flojas y gorras en la cabeza, dos de ellos hablando casi a gritos con el resto que se mondaba de risa, Haciendo unas risas, dirían ellos. A la izquierda, una muchacha que le pareció atractiva estaba leyendo un libro totalmente abstraída, a su lado un chico de hombros anchos y piernas largas, que en estos momentos le decía algo mientras le acariciaba el antebrazo. Por un momento se sintió enojado, y giró la cabeza. En la última fila de asientos, donde se sentaron las chicas y el joven de la parada, había un sitio libre, al lado de una mujer que ojeaba una revista. Nunca la he visto, juraría si se lo preguntásemos. No recordaba que hacía escasos tres días le había servido un refresco en la terraza del bar donde trabajaba. Tomó asiento y se puso a ver por la ventanilla. Las calles estaban congestionadas de coches que iban y venían de aquí para allá, hacia todas direcciones, sin parar, a excepción de los que tenían que parar por los obstáculos producidos por las obras, zanjas y vallas que se multiplicaban como setas hasta dios sabe donde. La gente se movía por las calles como hormigas en busca de alimento, sin un orden aparente. Las fachadas, tristes, grises, sucias. Si la cara es el espejo del alma, las fachadas lo son de su interior, como si las desgracias que se suceden dentro salieran hacia fuera en forma de manchas grises, grietas y descorchones. Y los cristales, que pierden su transparencia y lo reflejan todo, constantemente cambiando en cientos de juegos de colores, como si se trataran de la piel de una sepia. Y el cielo. Qué pequeña es la porción con la que tienen que conformarse los que viven en las ciudades, un rectángulo, una parcela mínima en la que a veces se asoman el sol o la luna. Pensaba en el patio del edificio en donde vivía, el que se veía desde la ventana de su dormitorio, un patio interior, descuidado, lleno de tubos y ropas colgadas en los tendederos, Que cantidad de ropa lavan todos los días. Pensaba que la cantidad de ropa que se lavaba no era directamente proporcional a la ropa que se ensuciaba, sino que la única razón por la cual los tendales se llenaban a diario era consecuencia directa de poseer una lavadora. Asintió con la cabeza y pensó lo que sería lavar a mano la ropa de toda una familia, considerando la pereza que le daba lavar la poca ropa que manchaba, cierto es que las prendas las mantiene sin necesidad de lavado hasta que no aparezcan las manchas pertinentes que anuncian la necesidad del lavado debidas a un uso correcto pero constante o a algún desliz corporal.
Salió de sus pensamientos sobresaltado. El autobús había frenado bruscamente, haciendo mover la totalidad de los cuerpos que iban dentro además de arrancar de las bocas de muchos de los pasajeros lo que parecía una ira contenida, ya que comenzaron a protestar enojados, sacando a pasear lo mejor de su vocabulario. Dos toques de bocina y unas protestas hacia el conductor de la furgoneta de reparto que se había saltado el stop por parte del conductor fueron suficientes para sosegarlos, Están todos bien, preguntó sin moverse del asiento, sin girarse, solo echando un vistazo por el retrovisor. La furgoneta siguió su camino y detrás de ella el autobús.
No se atrevió a emitir ningún juicio de valor, nunca condujo, no tenía licencia, Nunca me fue necesario, nunca consideré necesario sacar el carné. Miente. O por lo menos no dice toda la verdad. Es cierto que nunca intentó sacar el permiso de conducir, y hasta se podría decir que nunca tuvo una necesidad imperiosa de tener vehículo propio pero, no es simple casualidad o fruto de su dejadez. Nunca cogería un coche, nunca, Nunca. Volvió a ver a través del cristal. Por la acera ahora pasa un conocido suyo, Pero no lo ve, no está viendo. Ahora piensa en su madre.
Las puertas se abrieron acompañadas de un profundo suspiro como de cansancio. No era el único que se apeaba, la señora con el niño rubio, la pareja y dos personas más que habían subido en paradas anteriores, pero que no se había fijado en ellas bajaron delante de él. Subió de un salto a la acera, mientras las puertas se cerraban con un ruido similar al anterior y el autobús arrancaba. La parada estaba a la altura de la sucursal del banco más importante de la ciudad. Era un edificio del siglo pasado, totalmente restaurado. La entrada principal estaba presidida por dos magníficas columnas de mármol rosa, con capiteles muy trabajados. La puerta era moderna, de las que se abren solas, que venía substituyendo a la antigua puerta de madera labrada de ciclópeas dimensiones que había antes y que la habían retirado por la incomodidad a la hora de abrirla y cerrarla y para mejorar la climatización interior, Saben como invertir el dinero. Giró a la derecha. El tráfico seguía siendo muy intenso, ralentizado por la estrechez de la calle y los coches aparcados que se amontonaban a ambos lados de esta. Un conductor tocaba el claxon de manera compulsiva, dando puñetazos al volante. Llegaba tarde al trabajo, hoy tuvo que atravesar toda la ciudad para llegar a la oficina. No lo hacía siempre, no vivía cerca pero siempre cogía la circunvalación, así que sólo necesitaba, en días normales, diez minutos desde su casa, pero lo cierto es que hoy no venía de allí, el hotel de carretera donde había pernoctado con su secretaria se encontraba a las afueras. Su teléfono comenzó a sonar, Mi mujer. Mientras lo buscaba en el bolsillo interior de la chaqueta, pensó qué explicación daría a su ausencia nocturna. No era su mujer, no con la que se había casado, sino la que ha sido suya hace escasas horas. Su cara cambió repentinamente. No nos meteremos en su conversación, pero su rostro lo dice todo, además de la repentina tranquilidad con la que ahora se toma la caravana que parece una serpiente multicolor interminable.
La cafetería está al final de la calle, en una de las muchas plazas de la ciudad, aunque esta es la más grande y mejor cuidada, es la plaza del ayuntamiento. Los escaparates rebosan trajes y vestidos de las mejores marcas, zapatos con precios prohibitivos, bolsos y complementos carísimos, No podría comprar uno de esos ni con dos sueldos, pensó mientras miraba unos trajes que se antojaron feos, fúnebres, sentimientos para su consuelo, no se podría imaginar la tortura existencial que supondría que le gustara alguna de estas ropas, qué demonios, todas las del escaparate, si bien es cierto que sería también una tortura si lo pudiese comprar, cuándo se lo pondría, cuándo, aunque no sabemos si en el caso de que se lo pudiese permitir, le daría un uso provechoso, resultado de una vida social más intensa, o de una simple vida social de lo más normal, El dinero no da la felicidad. Sonó como a interrogación, pero lo cierto es que no estaba interesado por ninguno de los productos ofertados en los escaparates de esta prestigiosa calle comercial, ya se ha alejado unos metros. Pero lo cierto es que algo le ronda por el pensamiento, eso es lo que dice su rostro interrogante, además de no fijarse en la señora que se acerca por la misma acera y con la que va a tropezar, Es que no ve por donde va. Dos bolsas rodaban por el suelo, la señora casi gritaba mal sentada en el suelo. Miraba de un lado a otro como si no fuera con él, se quedó ridículamente quieto, sin saber que hacer. Dos hombres levantaban a la señora que lo maldecía, ellos lo miraban con cara extrañada. Se agachó para recoger las bolsas que estaban en el suelo, Disculpe. A ver si mira por donde va, no tenía más argumentos, de hecho ahora se apartaba de él un poco temerosa. Volvió a ver a ambos lados y siguió su camino. No consiguió recordar lo que hacía un instante estaba pensando. Ya se veía la terraza de la cafetería. Anduvo unos pasos más y decidió que desayunaría mejor dentro, que habría menos ruido, cosa que desmintió al comprobar el volumen del televisor nada más entrar, Ahora ya estoy dentro. Eligió una mesa del fondo y se sentó. Al momento se le acercó un camarero alto y ojeroso que le dijo un qué desea caballero en el cual no detecto sarcasmo alguno, Caballero, de dónde ha salido éste. Un café con leche grande, de desayuno. Y... un croissant, Creo que ya no quedan, ah, sí, queda uno. Al poco tenía delante una taza grande de café con leche, dos azucarillos y un croissant que parecía que estuviese hecho mal a conciencia viendo su aspecto, Con razón es el último, pensó. Se arrepintió de no haberle indicado al camarero que prefería en café templado y aunque podría pedir un poco de leche fría, prefirió esperar mientras hojeaba el periódico que estaba en la mesa de enfrente y que acababa de quedar libre. Empezó a consultarlo por la última página, como hacía siempre, y como siempre no encontró nada nuevo. Se paró un momento en los obituarios y entre cruces y lutos encontró su nombre y apellidos en una esquela. Cerró el periódico. Lo apartó a un lado. Tomó la taza de café y bebió un sorbo, Para estar muerto este café me sabe a mierda. Posó la taza en el platillo y se quedó contemplando la espuma quebrada de la superficie. El señor está invitado, le dijo el camarero al tiempo que le indicaba el autor del convite. Tres mesas más allá un viejo de negro y de cara marmórea hizo un gesto condescendiente. Miró de reojo el diario doblado, No, si encima le tendré que dar las gracias.

miércoles, 4 de marzo de 2009

El chico

8:55.

Llego a la parada de Plaza de Galicia para tomar el 15 siguiente, ya que el que tenía que haber cogido lo perdí. La gente va y viene como siempre, con paraguas impotentes ante esa manera especial de caer que tiene aquí en Santiago la lluvia. Entre los pies apresurados del tropel rueda sus últimos momentos un gratuito recién nacido y ya muerto. A mi izquierda, una señora de mirada hosca posa su vista sobre mí a quemarropa durante un instante. Detrás, un escaparate que me devuelve una imagen no sé si deformado y es como mirarme en un espejo transmundano. A mi derecha un niño. Tiene unos 10 años, no creo que más. Rubio, pelo corto y de punta. Ojos claros, tez blanca y una comisura perfectamente labrada. El chico lleva una pequeña mochila a los hombros y su cara refleja cierta preocupación que se traduce en unos ojos muy abiertos y un ir y venir constante de la acera a casi la mitad de la calle para que su vista alcance el fondo por el que tendrá que estar a punto de llegar aquello que está esperando. Yo supongo que es el autobús escolar. El chaval está inquieto, puedo verlo. Irremediablemente me recuerda a mí a su edad, cuando las preocupaciones eran pocas pero cuando las había se hacían un mundo.
¿Pero qué pasa? ¿Viene o no viene? ¿Lo habré perdido? ¿Y ahora qué hago? ¿Espero un poco más? ¿Me voy andando? ¿Vuelvo a casa?
Empiezo a preocuparme por el chiquillo. Pobre. ¿Sabrá qué hacer? Voy a acercarme a él y preguntarle. No sé. ¿Y si desconfía? Si ha perdido el autobús puedo acompañarlo a casa. No sé. ¿Y si esta que me radiografía a mi izquierda desconfía? Le preguntaré. Me dirá que está esperando el autobús escolar, que se retrasa, que ya es tarde, que qué hora es, que a esta hora ya tendría que estar en el cole, y que ahora qué, y qué le va a decir ahora su madre, que se va a enfadar, y tú quién eres y que bien que has aparecido porque no sé qué hacer...
Delante de nosotros se para el 11. Dentro, otro niño de similar edad cruza su mirada con la del chico centro de mis elucubraciones. Las puertas se abren, el chaval baja con un pequeño saltito y los dos se saludan y se van calle abajo mientras el 11 también lo hace calle arriba.
Definitivamente ni aquel chico no era yo ni necesitaba mi ayuda.
El 15 se retrasa. La señora de la izquierda se ha esfumado y yo soy incapaz de volverme porque temo que el grotesco reflejo ahora se esté riendo de mí.