domingo, 26 de abril de 2009

Ourense-Vigo

Me despido de una cumbre pelada y de dos torres que no sé por qué están ahí. Quizás sea porque no soy de aquí (allí, allá). El río quiere ser sendero cuando el sol pinta las últimas copas. Las casas son pelirrojas y un corte sagital muestra de la ladera sus entrañas de arcilla.



El carrete del pescador ignora mi fugaz mirada, alerta de la captura que el que recoge desea. Piedras en un tejado improvisado que quiso volar en un anterior temporal y dos campos de juego de verde artificial, camino de un Barbantes del que no tengo constancia.



La iglesia da la espalada al turismo termal mientras el sendero es ya valle o piel de un mújol contagiado de cirros. Un árbol me saluda seco con su única rama, y la tensión sigue alta su camino hasta no sé qué enchufes. Amarillas son las flores de esta despedida que es regreso. La flecha apunta a una parcela de cielo hasta el momento desconocida, antes de que la chimenea anuncie ataúdes.


Y de repente Ribadavia
Unas aspas siguen mi misma dirección inversa y la casa sin techo ni ventanas me muestra lo que piensa. Las rocas en su lecho lamentan su sed de crecida al tiempo que una caseta blanca hace escalada. Y un pentagrama cruza el cielo. Y dos barcos bostezan de perpendicularidad. El río está verde. Y a mí no me importa, porque el eucalipto es azul y hay ruedas en la orilla.



Filgueira se despide con un tejado depresivo y una lengua de arena. El salto generacional se ejemplifica con dos puentes. Fundido a negro.



Y vuelve el río con su superficie de gallina. Las cortezas se visten de noche con ramalinas y el nudismo lo practican tres troncos bañistas. Quisiera describir aquel campanario de dos segundos y aquel otro que detiene el río con el badajo. Los móviles presienten Portugal en Frieira, donde el río se hace espuma y las piedras lagartijas.



Juraría que le he visto las enaguas a este Miño que salpica casas, Crecente es testigo. Nadie ha hecho leña de ese árbol caído. Ni cancilla de aquel somier. El río olvida meandros e inventa muros y uves. Y una casa tuerta vigila un hórreo castigado.



Arbo. La orilla se viste de pieles exquisitas, se cubre con pudor sus transparencias. Una casa y media en Sela, y el río se despista por instantes. La hiedra no quiere hierro en As Neves, donde me adelantan y las traviesas clasifican piedras sin un orden aparente.


Me han cambiado el río por un desierto de camiones. Pero de nuevo surge acariciado ahora de murallas que no hablan castellano. Salvatierra es un parque infantil desorbitado y una torre me avisa de que se me acaban la tarde y los detalles.



Caldelas casi se adivina. Un juego de luces y las montañas se han apartado, supongo que porque me he saltado Tui. La penumbra está acortando las distancias, y de Guillarei sólo chimeneas y una lasca de Luna.



El paisaje se va a publicidad mientras no paramos en O Porriño, telar de granitos. Que pena que se me haga de noche. No puedo encender la ventana. Ahora sólo me queda escuchar Louredo y saludar un cementerio desmesuradamente iluminado.



No puedo saber que pasamos por un túnel a no ser por mis oídos taponados, pues fuera, casas, monte, cielo y nubes son ya la misma densidad impenetrable, un cosmos que está dejando de interesarme y me devuelve su indiferencia en forma de retrato.



Esta vez Redondela no me saluda como siempre desde el viaducto, como siempre lo había hecho. De lo que ahora miro, no veo nada hasta que las luces de Rande me avisan de que el billete se me acaba.



El viaje quiere llevarme a donde quiere.



Yo me bajo una antes.



26/04/09