Paulino se sentó frente al televisor y dejó que una charla insulsa le entumeciese sus enjutas nalgas. No solía ver la televisión, pero ante la perspectiva de una larga espera no encontró nada mejor que hacer. Las pocas cosas que había manchado durante la cena ya estaban lavadas y colocadas en sus respectivos lugares. No había ropa que preparar ya que al día siguiente no tenía que ir al trabajo. No tenía nada que hacer. No le quedaba sino esperar.
A cada poco miraba el reloj de pared. El tiempo no avanzaba a pesar de que el mecanismo funcionaba a la perfección, acompasado, monótono e implacable. Subió el volumen del infame vodevil de personajes de lupanar. Se lamentó de que eso fuese lo más potable.
La cabeza se le empezó a embotar. Sentía un ligero hormigueo en los pies y las manos. El cóccix quería atravesarle la piel del culo y su espalda se quejaba de la herrumbre de los tiempos de estibador de puerto pesquero. Pero tenía que ser fuerte, tenía que aguantar. A fin de cuentas era algo que sólo pasaba una vez al año.
La desesperación empezaba a apoderarse de su cuerpo. Estaba dejando las marcas de las uñas en el reposabrazos del sofá. Los dedos de los pies se le estaban empezando a helar porque había dejado caer las zapatillas. Aun quedaban dos horas. Dos interminables horas. Los párpados comenzaron a hacerse pesados de hastío. La boca se le abrió en un bostezo infinito. Se deslizó un poco hacia abajo jurando que no iba a dormir.
Un sobresalto lo arrancó de los brazos de Morfeo. Instintivamente se llevó la manga a la comisura y se limpió una babilla fría y transparente. Miró el reloj de pared. Las tres menos un minuto. Se levantó y comenzó la cuenta atrás en tensión, siguiendo con los ojos la aguja de los segundos. 56, 57, 58. Dirigió el índice hacia el minutero y lo hizo girar a la inversa 360 grados. Las dos. Repitió lo mismo con los otros relojes de la casa.
Ufano, enfiló el pasillo en dirección al dormitorio y se acostó. La premisa de Paulino siempre había sido hacer las cosas a su debido tiempo.
