Desde que llegué a Barcelona hay algo que me ha llamado la atención y es la forma en que la gente camina por las calles. No me refiero a que corran, que vayan siempre con una prisa contagiosa. No es algo que se note como espectador. Es algo que se nota cuando uno camina también. No estoy acostumbrado a que en general las aceras sean tan amplias. Al empezar a andar por ellas se me antojaron anchas, idóneas como autopistas o avenidas, acertadas para el trasiego constante de peatones de aquí para allí, cada uno con sus vidas y sus pensamientos, ya sea en paseo, a la carrera o al trote. Uno se deja llevar por la resaca y, de repente, cae en la cuenta de que entre toda aquella confusión de pies, zancadas y cuerpos más o menos erguidos hay reglas y distancias. No sabes muy bien por qué, pero aquél que camina delante de ti ha notado que tu proximidad ha aumentado de forma sospechosa y se gira sin perder el paso. A veces te mira, otras, disimula y dirige la vista hacia una tercera persona. Hay quien se desvía, los hay que se detienen y las que echan la mano a sus bolsos. No tenía conocimiento de que esta prodigiosa capacidad de ver con la nuca se diese en Barcelona y me cuidé de averiguar si este fenómeno era cierto. Ver con la nuca es físicamente imposible, aquí y en la China, me dijeron. Así que tendría que ser otra cosa que no acababa de percibir.
La experiencia se ha ido repitiendo en diversas ocasiones, con diferentes personas y en distintos espacios, pero siempre bien transitados. Pensé que esas reacciones serían habituales en calles excesivamente estrechas y con peatones tediosamente lentos o en las solitarias y por un despiste mío. Pero se trataba de aquellas calles en las que uno a veces pierde la compostura y se arrima como si quisiese escuchar la animada conversación de la pareja que va delante, o en esas ocasiones en las que uno se ve abocado a una carrera absurda contra los relojes que nunca están cuando se los necesita de veras. Pero es sin querer, como en un tonto traspié por una baldosa levantada o un clásico resbalón con una piel de plátano. No sé a dónde van, ni estas personas pueden saber a dónde voy, porque ni siquiera a veces lo sé yo. En la banda que desfila, si el que te precede pierde el paso te exaspera y termina por equivocarte a ti y a todos los que vienen detrás, se pierden las distancias y el pasacalle desluce hasta la marcha más animada. Y sin embargo aquí pasa al revés, es quien va delante el que rompe el ritmo porque hay algo que yo estoy haciendo mal. Y comienza el brevísimo paso de chotis que salpimienta mis caminadas por las calles amplias de esta ciudad. Pensé que una concentración de población como esta se caracterizaría por un anonimato aburrido y cómodo a la vez. Pero no me parece así. Las gentes al caminar se mueven como las parejas que bailan en una verbena de esos pueblos que no saben si son aldea u otra cosa, con menos o más soltura, cada uno como puede o como le salga, pero con la sensación de una familiaridad que no siempre ayuda al desparpajo. No hay el desenfado o la inconsciencia de las discotecas o las macro-fiestas, en las que pocos se conocen pero la amistad rezuma como los sudores. Se trata de una fugaz señal de autodefensa, la advertencia de que se está cruzando la barrera que marca el espacio vital urbanita, la burbuja propia, un andamio que nos rodea y se adapta según las necesidades. Son los cuerpos que hablan sin mediar palabra. Es el miedo intrínseco a la aglomeración.

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