8:55.
Llego a la parada de Plaza de Galicia para tomar el 15 siguiente, ya que el que tenía que haber cogido lo perdí. La gente va y viene como siempre, con paraguas impotentes ante esa manera especial de caer que tiene aquí en Santiago la lluvia. Entre los pies apresurados del tropel rueda sus últimos momentos un gratuito recién nacido y ya muerto. A mi izquierda, una señora de mirada hosca posa su vista sobre mí a quemarropa durante un instante. Detrás, un escaparate que me devuelve una imagen no sé si deformado y es como mirarme en un espejo transmundano. A mi derecha un niño. Tiene unos 10 años, no creo que más. Rubio, pelo corto y de punta. Ojos claros, tez blanca y una comisura perfectamente labrada. El chico lleva una pequeña mochila a los hombros y su cara refleja cierta preocupación que se traduce en unos ojos muy abiertos y un ir y venir constante de la acera a casi la mitad de la calle para que su vista alcance el fondo por el que tendrá que estar a punto de llegar aquello que está esperando. Yo supongo que es el autobús escolar. El chaval está inquieto, puedo verlo. Irremediablemente me recuerda a mí a su edad, cuando las preocupaciones eran pocas pero cuando las había se hacían un mundo.
¿Pero qué pasa? ¿Viene o no viene? ¿Lo habré perdido? ¿Y ahora qué hago? ¿Espero un poco más? ¿Me voy andando? ¿Vuelvo a casa?
Empiezo a preocuparme por el chiquillo. Pobre. ¿Sabrá qué hacer? Voy a acercarme a él y preguntarle. No sé. ¿Y si desconfía? Si ha perdido el autobús puedo acompañarlo a casa. No sé. ¿Y si esta que me radiografía a mi izquierda desconfía? Le preguntaré. Me dirá que está esperando el autobús escolar, que se retrasa, que ya es tarde, que qué hora es, que a esta hora ya tendría que estar en el cole, y que ahora qué, y qué le va a decir ahora su madre, que se va a enfadar, y tú quién eres y que bien que has aparecido porque no sé qué hacer...
Delante de nosotros se para el 11. Dentro, otro niño de similar edad cruza su mirada con la del chico centro de mis elucubraciones. Las puertas se abren, el chaval baja con un pequeño saltito y los dos se saludan y se van calle abajo mientras el 11 también lo hace calle arriba.
Definitivamente ni aquel chico no era yo ni necesitaba mi ayuda.
El 15 se retrasa. La señora de la izquierda se ha esfumado y yo soy incapaz de volverme porque temo que el grotesco reflejo ahora se esté riendo de mí.

Eu tamén teño agardado suficientes veces un 15 nesa parada, como para saber da estraña conxunción das olladas, do proximidade entre anónimos, do tempo que gargarexa na boca do estómago ou se detén nas follas máis altas das árbores, xusto en fronte.
ResponderEliminarO cativo non precisaba axuda. Mellor así para el ;)